miércoles, 2 de marzo de 2011

Ante el ocaso del Sol Azteca... ¿A dónde va el PRD?

La izquierda en México se desmorona: sumergida en un desenfrenado ejercicio de autofagia, sus figuras más prominentes están tan enfrascadas en la lucha por el control interno de lo que cada quien ve como "su" movimiento, que son incapaces de darse cuenta de que, lo único que están consiguiendo, es anular toda posibilidad real de ascenso al poder.

Se asemejan a los canes que dan vueltas tratando de alcanzar su rabo para morderlo, con la salvedad de que los políticos sí tienen éxito en tan absurda labor; su ambición por la candidatura presidencial los ha llevado al límite de su propia destrucción, debido a su incapacidad de abandonar los cacicazgos totalitarios y las posturas mesiánicas propias de una izquierda que, en la mayoría de las naciones, fue superada hace un par de décadas, pero que aquí se resiste a morir.

Nada más contradictorio para el socialismo, que negar a la sociedad misma; y nada más congruente que propiciar su participación activa. Pero en la izquierda mexicana los únicos protagonistas son ellos, los líderes, los que se autoadjudican la propiedad del pensamiento progresista, terminando, como en La rebelión de la granja, de George Orwell, siendo peor que aquellos a quienes acusan de ser el mal.

Se trata de una guerra de todos contra todos, que no sólo involucra al PRD, sino al resto de los partidos del llamado DIA “Diálogo para la Reconstrucción de México” cuyos dirigentes nacionales Luis Walton de Convergencia, y Alberto Anaya del PT, lo que menos hacen es, precisamente, dialogar.


En absoluta sumisión a López Obrador, Walton y Anaya participan de la autodestrucción de la izquierda, porque está claro que sus intereses van por otro lado: vivir cómodamente del erario y manejar pequeños cotos de poder. Su solicitud para expulsar a Camacho Solís del DIA, por ser éste uno de los principales promotores de las alianzas, no es más que otra prueba más de que, quien mueve los hilos, es el político tabasqueño.

Por su parte, el dirigente perredista Jesús Ortega, ya no se detiene para descalificar a Andrés Manuel, a quien no baja de dictador. Su postura, que hacia el gobierno y los partidos mayoritarios es moderada, se desborda en contra de López Obrador; sin embargo, a pesar de tener todos los elementos para expulsarlo, no lo hace, tal vez porque aún pesa el hecho de que, gracias a él, logró su partido ubicarse como segunda fuerza política nacional, lo que les duró muy poco, debido a la soberbia y el autoritarismo del auto denominado “presidente legítimo”. Es decir, que quien lo fortaleció, fue el mismo que luego lo debilitó.

Y si Marcelo Ebrard ha optado por el silencio y la actitud conciliadora, es porque según las encuestas, él sería el principal perjudicado en el caso de una ruptura de la izquierda que, dividida, no tiene posibilidad, ya no digamos de triunfar en el 2012, sino siquiera de dar una pelea digna.

Definitivamente, el panorama para este sector político no pinta nada bien, lo que es lamentable, pues los contrapesos siempre son necesarios para que una sociedad avance. Pero en México, donde la mayoría de los políticos privilegian sus propios intereses, la postura ideológica de la izquierda es cada vez más una máscara vacía, que muy poco contribuye a proponer soluciones viables a los problemas de la nación.

¿O qué gana nuestro país cuando alguien como Fernández Noroña emplea el tiempo legislativo en mostrar una manta en la que se leía la frase “te amo”? Con ese tipo de figuras ¿cómo puede tomarse en serio la izquierda mexicana? Lo que lleva a su vez, a cuestionar: ante el ocaso del sol azteca... ¿a dónde va el PRD?.

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