
Es tiempo de pensar en nuestra Nación. Nadie que la valore, puede manifestarse conforme con lo que le está ocurriendo. Sus problemas son múltiples, complejos y profundos; pero además, añejos. Por ello urge que las mentes más preparadas, las que conocen mejor al país, se den a la tarea de comprender lo que ocurre y ofrezcan soluciones viables que permitan retomar el camino hacia el progreso.
Por ello, se debe encomiar la aparición de ensayos, como el que recientemente presentó el exgobernador de Coahuila, Doctor Rogelio Montemayor Seguy, títulado "Una Agenda para el Crecimiento Acelerado y la Equidad", certero en el diagnóstico y, en consecuencia, atinado en la prescripción, concentrada en cinco puntos sobre los que es imperioso construir grandes acuerdos, en los que todas las fuerzas políticas participen.
Se trata de una receta integral e integradora, con medidas que posibiliten a México tener un crecimiento de manera acelerada y sostenida, creando empleos y oportunidades para las grandes mayorías, en un clima de seguridad aceptable. Y si bien es cierto que algunos de los puntos recomendados tienen amplia aceptación como necesarios, lo más importante de la propuesta del Dr. Montemayor, es precisamente su carácter global, que apunta a combatir la totalidad de los síntomas desde sus raíces más profundas.
Los cinco lineamientos estratégicos que propone son: primero, reconocer que para crecer es necesario desear hacerlo, lo que significa que el país y sus gobernantes deben dejar de conformarse con crecimientos marginales de la economía; segundo, reconstruir al país con condiciones de seguridad aceptables, lo que implica una estrategia contra la inseguridad que reconozca que la desigualdad y la pobreza son problemas muy vinculados al de la violencia; tercero, construir un gran acuerdo sobre el papel que el estado tiene que jugar en la economía, uno mucho más activo y participativo, pero sin que caiga en el intervencionismo; cuarto, diseñar una estrategia de fomento para todas las actividades productivas; y quinto, una nueva política social, que tenga el propósito firme de erradicar la desigualdad.
Estos acuerdos requieren de un ingrediente inicial indispensable, sin el cual su concreción se vuelve imposible: voluntad política. Por desgracia, ese es el elemento que más hace falta en el país. Tal vez, porque las instituciones son demasiado frágiles, o porque no contamos realmente con los liderazgos capaces de motorizar a la nación, o por la arbitrariedad de los que pretenden aparecer como tales; el caso es que se ve remoto el día en que los acuerdos que requiere el país, puedan cuajar.
Es lamentable ver cómo, aunque se sabe qué hacer para salir de la profunda crisis, no hay voluntad para hacerlo por parte de quienes tienen en su poder la toma de decisiones trascendentales. Y es que, mientras muchos mexicanos luchan por subsistir, los pocos que pueden cambiar esta deplorable realidad, que son quienes tienen la hegemonía del poder político -en el gobierno, el Congreso y los partidos- y el poder económico -en las grandes empresas, como Televisa y Telmex, entre otras- son los primeros en impedir el cambio, enfrascados en la tarea de conservar y acrecentar su respectivo poder. Cada quien jala para su santo y sacan raja de todo. Así ¿cuándo se pueden llegar a concretar acuerdos que beneficien al país?
Definitivamente, es ahí donde se refleja con mayor claridad cómo la política se ha desvirtuado alejándose del ideal que plantea Montemayor en su ensayo, según el cual su fin último “debe ser el de construir un México próspero, sin pobreza; un México más justo, menos desigual y sin exclusiones”. O como lo plantean Héctor Aguilar Camín y Jorge G. Castañeda en su ensayo Regreso al Futuro: “Llevar a México a la prosperidad, la equidad y la democracia eficaz, debe ser el clamor de 2012”. Un reto que es de todos.
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