lunes, 17 de enero de 2011

Del país de los pretextos, al país de los éxitos

Tiene razón el Secretario General de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, José Ángel Gurría, al advertir que "México no debe poner más pretextos para llevar a cabo las reformas legislativas pendientes que conduzcan al país a alcanzar altos niveles de competitividad y abrir mayores inversiones que impulsen el potencial del crecimiento económico". El problema es que para los grupos de interés que acaparan buena parte del poder en la nación, sí hay pretextos, muchos y muy añejos.

Está, por ejemplo, el viejo pretexto de la propiedad soberana del petróleo, que mantiene con un freno férreo la Reforma Energética que tanto requiere la nación; excusa, por demás falaz, porque el ingreso petrolero ha servido más para beneficiar a líderes sindicales y altos mandos de la paraestatal, que para convertirse en auténtica plataforma impulsora del desarrollo del país.

Y así, mientras otras empresas públicas dedicadas a la extracción, refinación y comercialización de hidrocarburos en el mundo, como Petrobras, prosperan de manera importante, gracias a que permiten la participación de capitales privados nacionales y extranjeros en sus operaciones, Pemex va en picada, incluso ocasionando por el descuido en que se encuentra, accidentes que ya han costado la vida a varias personas.

Otro pretexto gastado es el de la supuesta protección de los derechos de los trabajadores, en particular, los sindicales, lo que ha servido para mantener congelada la reforma laboral; lo paradójico de la situación, es que esto impide la creación de más empleos y mejor remunerados, lo que constituye un atentado contra los derechos que supuestamente se defienden.

Hoy se publica que, durante el 2010, en México se crearon 730 mil empleos, pero los salarios se mantuvieron rezagados. Ello ocurre así por un simple efecto de oferta y demanda. Dado que se están abriendo un aproximado de 500 mil fuentes laborales nuevas menos de las necesarias, lo obvio es que éstas paguen salarios bajos, pues la gente está dispuesta a aceptarlo, con tal de trabajar.

¿Y qué decir del freno a la evasión fiscal, que impide se realice una reforma profunda en esa materia? La minoría que está atrapada por el fisco, tiene cada vez más impuestos que pagar y es cada vez más acosada por unas autoridades que nada hacen para ampliar la base gravable ni por simplificar la forma en que se realizan las declaraciones.

¿Cuántas inversiones productivas se han perdido gracias a ello? ¡Qué importante cantidad de empleos bien remunerados pudieron haberse creado, si el sistema tributario en nuestro país, fuera más equitativo y menos complejo!. Por el contrario, cada vez que se anuncia una supuesta reforma en la materia es para ponerse a temblar, porque la resultante, será peor a lo que se tenía. Al menos, eso dice la historia en las últimas cuatro décadas.

Agregue usted el pretexto de la inmadurez política de los mexicanos que frena una reforma que haga más fácil, amplia y rápida la participación ciudadana; sin embargo, sabemos que detrás de dicha excusa lo que hay es un afán de los partidos políticos por mantener sus prerrogativas y privilegios absurdos.

Definitivamente, aunque desde afuera del país parece más sencillo apreciar lo que México debe hacer para estar mejor, desde adentro, en particular desde la perspectiva de la clase política, pareciera que no se sabe o no se quiere hacer. Pero la pregunta es ¿cuánto más daño se le tiene que hacer a la nación para comenzar a actuar? No queda mucho tiempo disponible y México, necesita dejar de ser el país de los pretextos, para convertirse en el país de los éxitos.


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